Dios mío, clamo de día, y no respondes;
Y de noche, y no hay para mí reposo.
SALMO 22:2
Vers. 2. Dios mío, clamo de día, y no respondes. El que nuestras oraciones parezca que no son contestadas no es una tribulación nueva. Jesús sintió lo mismo delante de nosotros, y se puede observar que a pesar de ello siguió firme en su confianza en Dios, y clamó: ¡Dios mío! Por otra parte, su fe no le hizo menos insistente, porque en medio del horror de aquel día espantoso no cesó en su clamor, tal como en Getsemaní había sufrido agonías durante la noche.
Nuestro Señor siguió orando aunque no llegó a ninguna respuesta, y en esto nos da un ejemplo a la obediencia con sus propias palabras: «Los hombres han de orar siempre, y no desmayar.» Ni la luz del día es demasiado deslumbrante, ni la noche es demasiado oscura para orar; y ninguna dilación o negativa aparente, por dolorosa que sea, debería tentarnos a abstenernos de nuestro insistente ruego. C. H. Spurgeon
Oremos al Señor por Fundación Princesa, por los enfermos de cáncer y otras enfermedades, confiados que Él escucha a Su pueblo.